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El 1 de septiembre de 1939 la Wehrmacht alemana entra en Polonia y mediante una Blitzkrieg (‘guerra relámpago’) se adueña del país en poco tiempo. No nos vayamos a rasgar las vestiduras ahora. Esto no ocurrió sólo porque Hitler era malísimo y porque a Stalin le venía bien esta confusión para hacerse con la otra parte de Polonia y con los Países Bálticos. También porque desde que el hombre es hombre siempre ha aparecido una guerra, justa o injusta, en el horizonte, y siempre ha habido, justo o injusto, algún pretexto “razonable” para emprenderla.

La Historia de las Naciones esta repleta de conflictos armados. En el desarrollo de una Nación, casi siempre llega un momento de expansión. Cuando la economía, la organización política, la tecnología, el poder militar, son manifiestamente superiores a los de los países vecinos, es el momento de desempolvar viejos oprobios, que siempre hay, y ampliar las fronteras, o lo que es lo mismo, hacer reformas en casa en solar ajeno.

En 1939 Alemania quiso ampliar su espacio habitable (o vital, lebensraum, como decían) a costa de los vecinos, como estos lo hicieron años antes con ella y como lo hicieron sus ascendientes desde tiempos inmemoriales, pasando por tribus celtas y germánicas, romanos, reinos cristianos, repúblicas revolucionarias o imperios decadentes. Poco solar -Europa- para tanta gente inquieta.

Imperio Alemán (1871–1918), con el dominante Reino de Prusia en azul.

En la Historia Europea los periodos de paz completa han sido escasos y cortos. Si las cuentas no me fallan han pasado más de cincuenta años desde que Alemania perdió la última Guerra Mundial y todavían no ha invadido Polonia. ¿A que está esperando? Su economía, su potencial demográfico, su tecnología son muy superiores a la de Polonia. Comparativamente la diferencia es mucho mayor a la que existía en 1939. Argumentos y pretextos no le faltan. Polonia está construida sobre los retazos de la antigua Prusia, corazón del Imperio Alemán, muchos alemanes étnicos, más de tres millones y medio -aun viven algunos- recuerdan como fueron expulsados de sus territorios por los polacos y cómo padecieron y cómo murieron, miles de ellos, de inanición y de frío.

No creo que los periodos de paz se deban exclusivamente a “gente buena” ni las guerras a los malvados. El móvil de los conflictos es la “necesidad” percibida en la mente colectiva, y capciosamente transmitida por los que mandan. Ni los revolucionarios franceses, ni los colonizadores ingleses ni los fogosos alemanes sienten hoy necesidad alguna de invadir nuevos territorios.

Un nuevo escenario, la Unión Europea, se ha hecho hueco en esa mente colectiva que hace algunos años hubiera alzado el puño exigiendo venganza y reparación de las ignominias. Esa necesidad de reparación-ocupación se ha diluido en una Europa que concede unos derechos exorbitados a sus ciudadanos y que pueden ejercer en cualquier país de la Unión en régimen de práctica igualdad con los ciudadanos locales. Alemania no tiene por qué extender sus fronteras más allá del Oder-Niesse y arrancarle a Polonia un buen pedazo porque ya tiene toda Polonia bajo su dominio, y toda Rumanía, y toda Francia y toda España. Además, ¿para qué empeñarse en desarrollar zonas deprimidas y frías de Polonia o Rusia, que antes fueron de Alemania, como Wrocław (Breslau) o Kaliningrado (Könisberg) si pueden adueñarse de territorios cálidos y modernos de las Islas Baleares?

Para los euroescépticos entre los cuales me incluyo: la Unión Europea, y antes la Comunidad Económica, dejando a un lado su finalidad eminentemente económica, han cumplido un incalculable papel disuasorio. A mis 41 años nunca me han movilizado, ni me han acuertalado en previsión de un conflicto armado. Las escalofriantes imágenes de la película “Salvar al soldado Ryan” nunca las he vivido y probablemente nunca las vivirá mi hijo. Me tranquiliza y me alegra que alguien vislumbrara esa idea, la de la Unión, hace 50 años, en vez de hacer los preparativos para la próxima invasión de Polonia.

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