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Días atrás estuvo circulando en la web un vídeo de dos policías israelíes golpeando a un soldado israelí de origen etíope; y de la botella, salió el genio del racismo. Esto es algo que ha existido de forma latente en Israel durante décadas, pero los israelíes somos muy dados a negar la realidad. Afortunadamente, a partir de ahora ya no podremos seguir ignorando este dolor en nuestra sociedad.
El racismo no es una novedad en Israel. En una conocida serie cómica israelí, Lul (Gallinero), se hace una parodia (con subtítulos en inglés) que muestra cómo cada vez que los nuevos olim (inmigrantes) llegan a Israel, son recibidos con aversión, y que rápidamente (y con qué alegría) se van uniendo a la coral contra los otros recién llegados. La parodia es muy entretenida y enseguida se convirtió en un clásico. No obstante, como suele suceder cuando el humor es bueno, nos parece divertido precisamente porque hay mucha verdad en ello.
En todo caso, el racismo no está desvinculado de otros problemas que aquejan a la sociedad israelí. Si nos centramos exclusivamente en resolver el racismo, no vamos a solucionar nada: así solo perpetuaremos y agravaremos otros problemas sociales ya que estaremos invirtiendo tiempo y energías en esfuerzos inútiles.
Cuando el vídeo de los oficiales golpeando al soldado salió a la luz, la comunidad etíope estalló con una violenta protesta. Por desgracia, hizo falta llegar a esto para que todos admitiéramos que existe un problema. Reuven Rivlin, el presidente israelí, reconoció: “Nos hemos equivocado. No hemos prestado atención ni escuchado lo suficiente”; por su parte, el primer ministro Benjamin Netanyahu, dijo: “Esto no lo podemos aceptar. La policía se está ocupando de ello, pero hay cosas que tendremos que cambiar”.
Como acabamos de señalar, aunque haya buena voluntad, el racismo –o cualquier tipo de discriminación– no puede resolverse centrándonos exclusivamente en ello. El problema es mucho más profundo. Cuando una sociedad está acostumbrada a pensar en clave de “yo”, no cabe esperar que la gente se vuelva acogedora, integradora, y que empiece a pensar en clave de “nosotros”. Nuestra forma de pensar tiene que cambiar y eso requiere esfuerzo. Puede que sea necesaria una profunda indagación en el alma, pero no parece que tengamos otra opción: hemos llegado a un punto de inflexión. Si no abordamos el modo en que nos relacionamos, no perduraremos como país.
Los EE.UU. son, lamentablemente, un gran ejemplo de cuán inútil resulta intentar erradicar el racismo. Después de tantos años y esfuerzos –e incluso con un presidente negro– la triste evidencia es que los negros siguen siendo discriminados en todos los aspectos de la vida estadounidense. Y este aleccionador vídeo es la muestra.
Como egoístas que somos, tenemos tendencia a pensar en los demás de manera oportunista. Es decir, nos relacionamos con ellos contemplándolos como una potencial fuente de pérdidas o ganancias. Para poder superar esa actitud explotadora, no solo debemos entender, sino sentir que todos formamos parte de una única entidad.
Cuando las personas establecen relaciones sobre esta premisa, empiezan a preocuparse por los demás en la misma medida que se preocupan por sí mismos. Y en consecuencia, del mismo modo que uno no quiere perjudicarse a sí mismo, tampoco desea perjudicar a los demás.
Llevar a cabo una transformación así puede parecernos una empresa imposible; pero con un ambiente que fomente la solidaridad mutua en vez del egocentrismo, ese paradigma, ampliamente aceptado, se convertiría en la única forma razonable de pensar. Si por un momento nos paramos a reflexionar sobre sobre el tipo de vida que llevamos, uno se da cuenta de lo mezquino que es el egoísmo. Prácticamente en todas las ocupaciones trabajamos en equipo. Para abastecernos, vamos al supermercado y compramos productos que no podemos producir por nosotros mismos, sino que dependemos de los demás para poder producirlos. Incluso si queremos tener un mínimo nivel de vida social necesitamos de otras personas.
Vemos que, en cada aspecto de nuestras vidas, dependemos de los demás. Entonces, ¿qué sentido tiene hacer que se sientan mal? Con todo y con eso, los medios de comunicación nos bombardean por todos los lados con la idea contraria y pensamos que el egoísmo es realidad.
Para que nuestra perspectiva cambie, es preciso que los medios de comunicación y la opinión pública cambien. Existen numerosos sitios en Internet, organizaciones y personas que ya sienten y actúan con una forma de pensar más integradora. En la página Facebook Nueva Educación Global (Instituto ARI), es posible encontrar distintos ejemplos de este tipo de esfuerzos y de las personas que los llevan a cabo. Sin embargo, no deja de ser una gota en el océano comparado con lo que será necesario para cambiar la opinión pública.
No podemos esperar a que los gobiernos cambien la sociedad. Si queremos una sociedad diferente –libre de racismo– tenemos que empezar a pensar en nosotros mismos como un todo y no como individuos. Si yo obtengo beneficio a expensas de otra persona, irremediablemente eso se volverá contra mí.
En el instituto que he fundado, el Instituto ARI, trabajamos para facilitar este cambio. Pero para que el cambio se produzca, hará falta mucho más que un instituto. Será necesario unir nuestras manos con las de muchos otros que también sienten que no podremos resolver nuestros problemas a menos que entendamos que no somos un grupo étnico, ni una fe, ni una ciudad, ni un género: somos una única entidad en la que todos tienen cabida. Una persona diestra no discrimina a la mano izquierda solo porque no es su mano dominante; del mismo modo, cuando hagamos de la integración el valor dominante en nuestra sociedad, tampoco habrá espacio para la discriminación.

 

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Michael Laitman es Profesor en Ontología, Doctor en Filosofía y Cabalá, y Máster en Biocibernética Médica. Fue el primer estudiante y asistente personal del Rabí Baruj Ashlag (el RABASH). El Profesor Laitman ha escrito más de 40 libros que han sido traducidos a decenas de idiomas y es un solicitado conferenciante. Más información sobre Michael Laitman en la página: michaellaitman.com/es

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